Esquizofrenia

Mi árbol de cerezos no es de cerezos porque me dio claveles
y los claveles que vi en el retrato no eran claveles porque me dieron
rebanadas de queso.
Algo anda mal en mi misma y soy mi misma
yo no tengo cerezos, ni claveles, ni como rebanadas de queso.
Oh, no existe árbol en mi patio, no existen claveles
hay una mujer esquizoide que abre la boca para respirar
que se ahoga sin claveles, sin mensajes y con el telón abajo.
Algo anda mal en mi misma y soy mi misma
y sin embargo, todos los días apunto con la regadera
y dejo las gotas de agua caer.

Ya para entonces

Foto: Tomada de Internet

Foto: Tomada de Internet

Intento hace días escribir una historia de amor. No me sale. La historia que quiero contar es tan real como todas las historias de amor y tan absurda como el propio sentimiento. En esa historia había un hombre raro, mustio y apuesto. Tan trigueño como el hombre que se quiere ver en los póster de publicidad. Había una mujer rara, empinada y atractiva, tanto como la mujer que arrebata a los hombres con solo dos cosas: los ojos y el corazón. El centro de esa historia de amor era un clavel. Ella se lo regaló un día. Él lo aceptó. Ella no sabe si aún lo guarda, (deshojado). A lo mejor él sospecha que ella guarda el pañuelo como único rastro. Un pañuelo con semen y lágrimas manchado de amarillo y con un mínimo olor a aquel perfume suyo. A ese hombre le vibró el pecho una vez mientras la besaba. A esa mujer le vibró el cuerpo una vez mientras lo tenía. Pero fue extraño.

Un día en la escalera hicieron el amor. Un mes después, en la misma escalera, él le hablaba de incapacidad. Ella no entendía. Se tendría que ir. De espaldas él la detuvo: “Tú sabes que yo te quiero, ¿verdad?”. Ella tembló. Se abrazaron, claro. A los días él se fue a un país lejano. (Kazajstán creo). Después a una ciudad inca. Ella lo esperaba. Él no podía imaginar que ella lo esperaría una vida. Pero fue ridículo. Todo lo fue. Cuando él llegó, hablaron unas tres horas por teléfono. Él no colgaba. Ella tampoco. Él no decía que no. Ella tampoco. Sin embargo ninguno de los dos decía que sí. Ella se alejó del aparato con la línea ocupada. Sentía rabia. Quería haber sacudido a ese hombre. Besarlo, apretarlo, acribillarlo, morderlo, hacerle el amor, apretar su entrepierna y acariciarla con su boca y luego ofrecerse encima de la cama, o en el baño frente al espejo, desnuda para él, como otras veces. O en el sofá. O encima de la mesa. O en la escalera. Pero no fue. A los tres días él no la llamó jamás. A los tres días ella salía con otro.

La pregunta que (no) hace una mujer como yo

cuerpo de mujerUnto colorete en mis mejillas,

Miro en el espejo la imagen de la mujer tísica

que reflejo hace meses,

saco el pincel y pinto de rojo los labios.

En el closet está ese vestido rojo;

y el azul, que me hace asomar la espalda. Toda.

Al azar me quedo con el rojo.

Es un conjunto de tres:

Los labios, el vestido, y la ropa interior.

La noche se prepara para recibirme,

como cuando no era la mujer tísica

que reflejo,

como cuando jugaba con todos,

como cuando era vil, y sentía placer.

Tomo la cartera,

Echo lo necesario,

Apago el reloj,

Me perfumo,

Cierro la puerta.

Marco un número…

(11:04 de la noche)

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-¿Quedamos?

Clavel“Poned atención: un corazón solitario no es un corazón”.

Antonio Machado (1875-1939) Poeta y prosista español.

PD: La foto no es mía, pero el clavel sí. Este es un post sin sentido porque no es un post. Es una imagen solitaria, detenida… fría, como un corazón solitario; que no es un corazón.