Un árbol de navidad y la muñeca azul

isabella-y-johannabueno
así
ella
el SOL
entonces quiere un árbol de navidad
de color blanco con adornos rojos y azules
y plateados como el menguante
dice:
Mamita, mamita, mami
mamá
mamitica
repite
repite
y se ríe
y rompe el silencio
de todos las noches.
por las mañanas
abre los ojos
y cambia mi perspectiva
y me devuelve a mí cuando
tenía cuatro años
entonces me besa
me susurra
me acaricia la mejilla
enamora mi oído
“cómprame un gatico mamá
un arbolito de navidad para el invierno
y la muñeca azul”
bueno
así
ella
el SOL
la compañía de verdad.

 

 

 

Anuncios

Ya para entonces

Foto: Tomada de Internet

Foto: Tomada de Internet

Intento hace días escribir una historia de amor. No me sale. La historia que quiero contar es tan real como todas las historias de amor y tan absurda como el propio sentimiento. En esa historia había un hombre raro, mustio y apuesto. Tan trigueño como el hombre que se quiere ver en los póster de publicidad. Había una mujer rara, empinada y atractiva, tanto como la mujer que arrebata a los hombres con solo dos cosas: los ojos y el corazón. El centro de esa historia de amor era un clavel. Ella se lo regaló un día. Él lo aceptó. Ella no sabe si aún lo guarda, (deshojado). A lo mejor él sospecha que ella guarda el pañuelo como único rastro. Un pañuelo con semen y lágrimas manchado de amarillo y con un mínimo olor a aquel perfume suyo. A ese hombre le vibró el pecho una vez mientras la besaba. A esa mujer le vibró el cuerpo una vez mientras lo tenía. Pero fue extraño.

Un día en la escalera hicieron el amor. Un mes después, en la misma escalera, él le hablaba de incapacidad. Ella no entendía. Se tendría que ir. De espaldas él la detuvo: “Tú sabes que yo te quiero, ¿verdad?”. Ella tembló. Se abrazaron, claro. A los días él se fue a un país lejano. (Kazajstán creo). Después a una ciudad inca. Ella lo esperaba. Él no podía imaginar que ella lo esperaría una vida. Pero fue ridículo. Todo lo fue. Cuando él llegó, hablaron unas tres horas por teléfono. Él no colgaba. Ella tampoco. Él no decía que no. Ella tampoco. Sin embargo ninguno de los dos decía que sí. Ella se alejó del aparato con la línea ocupada. Sentía rabia. Quería haber sacudido a ese hombre. Besarlo, apretarlo, acribillarlo, morderlo, hacerle el amor, apretar su entrepierna y acariciarla con su boca y luego ofrecerse encima de la cama, o en el baño frente al espejo, desnuda para él, como otras veces. O en el sofá. O encima de la mesa. O en la escalera. Pero no fue. A los tres días él no la llamó jamás. A los tres días ella salía con otro.

We’re gonna get it

 

mujer-lirio

Foto: Tomada de Internet

Cuando vengas por mí
no me hartes
con discursos de amores
ni de única mujer
ni de lo jamás sentido;
Si acaso,
jadea/suda/
muérdeme/estrújame
mírame.

Cuando vengas por mí
no me prometas,
no me idolatres,
no me ames,
no te quieras casar conmigo,
no me quieras llevar
para luego verme en el humo del café.
No te duermas en los montes de
mis senos pequeños e imperfectos,
no te rías,
no me abraces,
no quieras hacer milagros con tu boca
en el oasis de (mi) placer,
No te quieras llevar mi yo contigo
ni escribas mi nombre en
el dorso de tu tarjeta
después.

Cuando vengas por mí
veme sabiendo
impúdica,
coqueta,
loca,
entretenida
espontánea
sencilla.

Cuando vengas por mí
Tú,
jadea/suda
muérdeme/estrújame
¡mírame!
y solo ayúdame a encontrar el talismán que lancé al pozo.

Consecuencias

Foto: Aliet Arzola Lima

Foto: Aliet Arzola Lima

Facebook está en efervescencia. Mi página de inicio lo confirma. Mi mundo está loco. Bien loco. La gente se arma de broncas aquí; que luego son broncas en la vida no virtual. Me etiquetan y logro ver todo. Más de lo mismo (Pienso). Ojalá se pongan de acuerdo (Pienso). En tanto, yo estoy prefiriendo ser feliz fuera de Facebook. Este fin de semana sentí el trueno más grande que jamás había sentido. ¡Qué cosa tan estrepitosa! Me mojé bajo la lluvia y chapoteé con los charcos y fue tremendamente divertido. Fui a mi pueblo otra vez a ver a una amiga grande que está solo de paso por Cuba. La pasamos increíble. Mi hija me dijo que yo era peleona igual que Oslidia, su seño del círculo. Me dio mucha gracia eso. Me la comí a besos. Estoy pesando casi cinco libras más. Ya tengo el corte de cabello de María Clara, la muchacha de la novela brasileña de turno. Me queda exactamente una semana para echarme otro año más encima -que no lo voy a sentir- y para pasar mi cumpleaños en un aula recibiendo clases, como antes, cuando era estudiante. Estoy haciendo cosas. Muchas cosas…

Plenitud. Creo que así se nombra el estado en que me encuentro.

Cólera, ¡no me entres!

hija madre abueloLa idea es la siguiente. Supongamos que mi madre (que adoro) es el Partido Demócrata y yo (que me adoro) soy el Republicano:

“¿Con quién hablabas por teléfono?”No te pongas esa ropa para trabajar”. “¡Quítate ese short para ir a la calle!” “Con esa saya estas muy corta”. “¿Quién ese hombre que te dio botella?” “¡Que la niña se duerma antes de las 9 de la noche!” “¿Tienes que estar el día entero sin trabajar frente a la computadora?” (Como si me causara más placer este trabajo que hago para ser una mujer que vuela alto por salir del nido que unas vacaciones en Varadero) “¿Por qué te ríes ahora revisando el correo?” “¿Y tú tienes algo importante que andas tan elegante?” “¿Y por qué no te peinas con ese flequito que…? ” ¿Te demoras?” “¿A qué hora era la reunión?” “Compra la carne, y se acabó el aceite ya” ¿Adónde van tú y la niña ahora?… 

Es una lista infinita de preguntas y deberes. Y yo -que he aprendido a ser más sensata- soy paciente. A veces temo convertirme en ella cuando mi hija tenga mi edad. (A lo mejor es bueno, porque eso así, he de reconocer que mi madre es el ser humano más noble que existe, aunque no pensemos igual).

Hoy en la mañana, antes de salir a la calle, sentí una nostalgia inmensa. Yo; que desde la cuna he sido una mujer de las que siempre ha pujado por volar anduve llorona y sensible. He de confesar lo que me pasa. Tengo unas violentas ganas de abrazar a mi papá.

 

 

 

Ruta

caminosMe monté en una bicicleta para buscar la carne de la comida, saqué las cuentas del mes y sentí una cosa rara viéndome “en la lucha” porque no nos falte el alimento. Bajé y subí en ese aparato de dos ruedas con un impulso que fue divertido, dos días del fin de semana. Empecé a comer de nuevo, me prepare mis vitaminas y la fórmula secreta para recuperar las libras que he perdido. Salí con un amigo a conversar, me compró una jarra de cerveza y la vomité después en mi casa. (Todavía no sé cómo digerir el alcohol). Estudié para el trabajo final del último módulo de la maestría. Senté a mi madre y le pedí disculpas por como soy con ella algunas veces. Disculparse no soluciona, pero consuela. Ella no merece mis malas pulgas. Igual me llamó la atención y me dijo que debo aprender a no ser dominada por la ira, que eso lleva trabajo, pero se logra. Me dijo que fuera a la iglesia. Le dije que no. Vi a Isabella tirar un juguete al piso en un arrebato de rabia. Me preocupé en demasía. Desde entonces la he observado bien, esos genes no son buenos. Gocé de un pedazo del concierto de John Mayer por el canal educativo el domingo, o sea hoy. No lo terminé. Recuperé los capítulos perdidos de la añeja Breaking Bad. Me acomodé el cerquillo de colegiala que tengo en el pelo desde hace una semana. Dijeron que me queda bien. Decidí cambiar el ropero y usar más vestidos. La tomé de la mano y la invité al parque. No quiso ir. Le pregunte por qué. Me dijo estar ocupada. Luego asintió que en el parque había payasos. Me dijo que yo era linda. Le dije gracias. Me dijo “te quiero mucho”. Le dije “también yo”. Yo no debería estar posteando esto, pero ella terminó el fin de semana pidiéndome que no me enferme más. Ah, tampoco fui a ninguna sesión de Neuróticos Anónimos, aunque a veces sienta que me hace falta. Algo así es lo que yo soy. Sospecho que la vida que llevo me haga grande.

La bendita intranquilidad que me regaló un 7 de junio

MaternidadYo no sabía lo que estaba haciendo a punto de cumplir los 24 años cuando fui a parar a la sala de partos de aquel hospital. Yo sabía que tenía una panza que había tomado prestada por 41 semanas y tres días, que me faltaba el aire en ocasiones, que me daba cosa rara ver por encima de mi piel la forma de un codo… o de un pie, que lo que me habitaba adentro tenía que salir… y que además, no me podía morir en el parto. También sabía que no iba a llorar cuando naciera, que iba a sentirme como quien viaja al cosmos por primera vez, que iba a tener un “renacuajo” diminuto en mis manos y que si mi mamá no entraba a ayudarme a recuperación, yo estaría lejos de hacerle algo conforme a ella. Jamás había puesto un culero, me daban asco los buches y las cacas, me molestaban los llantos tediosos de otros “renacuajos” que veía por ahí, criticaba a esas madres que se sacan la teta en plena guagua y dije mil veces “Dios me libre” si hacía alguna vez escenas similares. Yo decía que parir era la última carta de la baraja, que a los 35 estaba bien y que bastaba con uno, si me daba la vena… como quien apuesta a la casualidad.

Y fue la casualidad, un coito que no interrumpí, la cuenta mal sacada, y las hormonas Sigue leyendo