Plenitud de un alma hueca

Gorrión soloA veces no tengo familia
ni hogar
ni amor al lugar donde nací
ni al otro en que vivo
ni al país encarcelado que es un Caimán que no muerde a nadie porque le arrancaron los dientes.
A veces pasa que estoy demasiado sola.
Antes dolía.
Ahora no.

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Dualidades 

Entre el mar enfurecido
y entre el mar en calma
yo no sé donde me hallo
si el viento imaginario
me lanza al mar loco
o al mar quieto.
Si es la paz mi cura
O la incertidumbre mi salvación
Yo no sé adónde van estos pasos
Ni las miradas que intentan divisar algo que no divisan por la endija de los espejuelos.
Yo no sé vida
qué es lo que estás haciendo conmigo
Digo no/ digo no/ digo no
Digo si/ digo si/ digo si
Y todavía no aclaro mi propósito aquí en este lugar donde los buenos se van primero,
el mar quieto me salva
y el oleaje desorbitado no se me puede desprender. 

Tribulación de cama de hospital

La vida se me presenta
desde el ventanal de un hospital:
Incierta/ Dura/ Condenada.
La Habana que veo por la ventana no es
La Habana que amaba hace apenas cuatro años atrás.
El parque Maceo hoy no tiene luces
y las farolas del malecón son ocres e imperceptibles.
No hay olas; pero hay frío.
Hay silencio aquí.
Abajo seguro hay bullicio porque La Habana sin bullicio no es esa ciudad que es.
Aquí donde estoy pienso/ pienso/ pienso
En volar
En hacer tierra
En el tiempo
En la distancia
En la camiseta blanca
En un pañuelo
En mis anillos de compromiso
En los libros de amazon que ahora tengo y antes no.
En el día de mi casamiento
En los amigos que se fueron
En los que se quedaron
En el primer regaño de mi madre
y en las veces que me dijo: “no seas tan dura con los otros y menos contigo”.
Aquí donde estoy hay silencio.
Mucho.
Es algo que amo y que hoy odio;
la posibilidad de que amanezca y no me hable jamás es el estado de zozobra más grande por el qué mi madre me ha hecho pasar…
Y duele.
Duele tanto como este silencio que ya no disfruto mientras ella duerme y puede o no
venir la posibilidad de que ya no me llame, de que ya no me hable… De que ya no la vea.

Basta para mí que abra la puerta de mi habitación y pelee por no vestir la cama en las mañanas.

¿Y si no vemos la luz?

Foto de la autora

Mi cuarto no es cuadrado
pero es un rectángulo que igual me ahoga
Me ahogan también un Caimán
voces impertinentes
la neblina
los gorriones del jardín
mis lágrimas y desesperación.
Me tiro boca arriba en la cama
dejo en el suelo los papeles
las medias la ropa por lavar
paso el pie por encima del reguero torpe
lo hago a un lado
no lo organizo.
A veces quiero matar a mi familia a los vecinos a los que preguntan
-hola, ¿cuándo te vas?
Sin saber que me cuesta demasiado llanto
demasiada ira
demasiada inconformidad.
No hay ninguna otra forma de amar:
Se ama egoísta y se quiere egoísta
Y deja que los libros de autoayuda vendan mentiras.
Soy yo quien dice la verdad:
Se ama y se quiere el roce
el orgasmo
el beso
el hombro para dormir
los planes
las vacaciones
los viajes
el paso por ti a las 16:00
el hazme un masaje
Se ama y se quiere
las compras a dúo, o a trío
el día de picnic
la felicitación a los hijos
el desayuno y las primeras palabras del día
el decoremos este mes la terraza
el aquí estoy.
Paso de largo.
Entro y salgo de mi cuarto
colocó la ropa al borde de la cama para lavarla después.
Pero lavar cuando el ánimo quiera
No yo.
Yo soy un ser sin corazón o con un corazón lleno de llantos
o un alma desesperada
que llora todas las noches
que se aferra a la espera porque ama.
Duele
Duele demasiado vivir con un corazón atestado de costuras.
Me derrumbo en el suelo
aparto con mis pies el reguero
escribo
seco las lágrimas
hiperventilo
Busco por instantes el equilibrio para salir sana de esto:
La único que se me ocurre para no llegar al delirio es la luz.
Yo no la veo.
Pero en el confío y me prometió que existe.

Valientes de cesárea o episiotomía

Foto de la autora

Antes de parir yo fui de las mujeres que jamás se imaginó como madre. De las que se tapaba los oídos cuando cualquier grupo de niños jugaba Football o bolas o quimbumbia en las calles mientras pasaba solo porque se molestaba con la algarabía. De las que jamás se imaginó sacar piojos de una cabeza, limpiar vómitos o diarreas. Me daba asco. De las que no iba a amamantar, de las que odió siempre cualquier canción de cuna.

Antes de parir yo fui de las mujeres que no admitía sacrificar su cuerpo. Porque su cuerpo era hermoso y no valía la pena un insulso. Antes de parir yo no tenía paciencia. Era egoísta. Malcriada. Infantil. Demasiado intransigente… Mi hija se engendró por -llamémosle- “un accidente irresponsable” y llegó por determinación propia. Como jamás me había planteado la maternidad, y si lo había hecho no iba a ser a los 24 sino a los 35, me pasó que cuando el doctor preguntó el día de la ecografía que qué iba a hacer, enmudecí. Después lloré todo el día. Después lloré toda la noche. Después no lloré más. No quería matar a nadie. Y dejé correr el tiempo. Y me dejé inflar por 41 semanas y tres días.

Jamás fui de las mujeres románticas que veían el embarazo como algo hermoso. Yo lo sigo viendo feo. Las mujeres lucen feas, se les mancha la piel a algunas, se les inflaman los tobillos a otras, hay un grupo que hasta pierde sus dientes. Las más flacas parecen culebras con pelotas de voly en el centro del cuerpo. Y las más gordas… por favor. Jamás fui de las que lloró de emoción al sentir patadas en la panza. Me asusté sí cuando el tobillo de ella fue lo suficientemente grande como para mostrarse por mi piel y hacerse distinguir. Me parecía raro lo que pasaba conmigo y mi cuerpo. Emocionantes tuve durante mi embarazo solo dos momentos: El día en que supe que ella iba a ser ELLA y el día de la episiotomía. Después de la episiotomía me asomaron a un bebé grande, una niña rosada de 8.5 libras, de pelo negro y sin una pizca de parecido a mí. Yo no lloré. Tampoco reí. Lo único que alcancé a hacer fue la pregunta que inició todo:

-¿Ella está bien, doctor?

Pedía a gritos la compañía y ayuda de mi madre cuando nos trasladaron a recuperación. No sabía amamantar, no sabía si quería hacerlo, no sabía qué hacer ante el llanto, no sabía limpiar cacas. Sentía miedo hasta de vestir a aquella niña; totalmente presente en mi vida desde aquel instante hasta hoy. Ese día volví a descubrir otra cosa: No hace falta saber absolutamente nada. Sigue leyendo

La parábola del azulejo y yo

Joaquín y yo hemos construido, sin proponérnoslo, una especie de sociedad en la que los dos somos ganadores.

Foto de la autora

Joaquín vive en cautiverio. Aún así come alpiste todos los días, toma a punta de pico el agua que le doy, muda su plumaje y canta hermoso. Todas las mañanas canta. Aletea de día por toda la jaula. A veces permanece quieto. Duerme en las noches y nos despierta con su cantar. Yo lo observó desde que lo adopté y lo reparo. Es que él y yo nos parecemos mucho: Los dos estamos fuera de hábitat.

Joaquín y yo queremos ser amigos. Siempre que voy a la terraza espero a verlo cantar. Cuando lo hace sonrío. Después me voy. Yo también vivo en cautiverio. Aun así todos los días me levanto y quito la cortina de la ventana  para poder respirar bien. Me alimento sin deseos; pero me alimento. Tomo agua también; pero a “pico de pomo”. Más de la que solía tomar cuando aparentemente era libre. Todavía canto porque intento soltar letras. A veces también permanezco quieta. Demasiado. Otras aleteo igual desesperada y deambulo por mi jaula que es mi cuarto sin aliento y sin paz. A veces me alegro muchísimo de parecerme a Joaquín. Él, a diferencia de sus iguales, al menos está a salvo de los buitres. Y yo ahora también. Afuera hay aves demasiado carroñeras. Aquí no. Aquí estamos solo nosotros; aunque extrañemos -ocasionalmente- la vida antes de la jaula. En la jaula nos cuidan. De algún modo solo esperamos el día de volar.

Él no me lo ha dicho todavía, pero sé que canta para enseñarme. Yo no sé lo he dicho todavía, pero él sabe que escucharlo todos los días cantar, me hace correr desesperada a quitar la cortina de mi ventana para poder respirar bien. Joaquín y yo hemos construido, sin proponérnoslo, una especie de sociedad en la que los dos somos ganadores.

 

 

Los gritos de la carencia

Foto: Tomada de Internet

El perro de mi vecina es amarillo. Ladra mucho. Le conté 124 ladridos en un minuto. Me senté en el sillón a las 6:39 y faltan 20 para las 7. El perro de mi vecina se pasea por el techo de su casa. Junto a él, se oyen tres ladridos diferentes. De otros perros seguro. Tan desesperados como él. Todos los desesperados son así. Gritones. Vocingleros. Son los que escandalizan de más. Hambre no tenía porque mi vecina le ha puesto un plato con comida y no comió. Sed tampoco; no probó un sorbo del agua que hay en la vasija. El perro de mi vecina lleva ladrando alocadamente más de cinco minutos. Desespera. Desde mi sillón lo miro y me percibo asesina de caninos. Descuartizadora de esos bichos de cuatro patas que sólo hacen bulla y ensordecen. Mi vecina subió al techo y se ha agachado dispuesta a jugar con él. Lo acaricia. Desde mi sillón la veo sonreír y al perro lamerle los cachetes. Me balanceo. Disfruto del silencio. Ese silencio que anhelo y adoro. El perro de mi vecina me ha provocado demasiada lástima.