We’re gonna get it

 

mujer-lirio

Foto: Tomada de Internet

Cuando vengas por mí
no me hartes
con discursos de amores
ni de única mujer
ni de lo jamás sentido;
Si acaso,
jadea/suda/
muérdeme/estrújame
mírame.

Cuando vengas por mí
no me prometas,
no me idolatres,
no me ames,
no te quieras casar conmigo,
no me quieras llevar
para luego verme en el humo del café.
No te duermas en los montes de
mis senos pequeños e imperfectos,
no te rías,
no me abraces,
no quieras hacer milagros con tu boca
en el oasis de (mi) placer,
No te quieras llevar mi yo contigo
ni escribas mi nombre en
el dorso de tu tarjeta
después.

Cuando vengas por mí
veme sabiendo
impúdica,
coqueta,
loca,
entretenida
espontánea
sencilla.

Cuando vengas por mí
Tú,
jadea/suda
muérdeme/estrújame
¡mírame!
y solo ayúdame a encontrar el talismán que lancé al pozo.

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El título de un poema debería decir algo

futuroHubo cambios.

Hacía falta una ruleta.

Hacía falta ese tropezón.

Hacía falta que aquel trigueño se perdiera (me perdiera).

Hacía falta llegar

como llegamos los dos hasta las cuatro,

aquella madrugada.

Hacía falta encontrarme en tus ojos

Abiertos, despiertos, locos, insomnes…

…Míos.

Hacía falta decirte que sí.

Hacía falta que (irremediablemente)

Hicieras esa propuesta.

Porque en medio de mi debilidad

Tú y yo, construimos futuro.

Huellas

Huellas arenaHe visto tus manos

Las vi en aquel sueño impertinente que me dejaste

Y con ellas me ceñías la cintura y escribías -también-

Un poema inconcluso.

He visto tus ojos (a veces todavía lo hago)

Los vi en aquel sueño impertinente que me dejaste

Y con ellos me retratabas cada poro y leías -también-

Un poema inconcluso.

(…)

He visto el poema

Aquel poema inconcluso:

Dos manos

Dos ojos

El tiempo.

La distancia.

Flagelo

añoranzaTengo 20 poemas que me han escrito

He dejado mi risa marcada en ojos ajenos. (Aún hay quien espera).

Me han dicho: “Todo por ti”. Se me repite la frase y me cuestiono.

(¡Yo no lo merezco todo! ¿Lo merezco todo?)

Tengo flores, cocholates, libros, perfumes… tengo paseos, llamadas, cenas, canciones…

Tengo tanta gente que quiere…

Yo solo añoraba unos ojos.

Ya ni sé.

Ruleta

ruletaAfuera el aire delata la furia del temporal. Adentro el silencio aturde. Afuera no tienes tiempo de ver imágenes, de pensar mentiras buenas, de querer compañías atrevidas; y menos, de acordarte de alguien como yo, alguien peligrosamente bueno.

Afuera es la prisa, es el llanto de un niño, es el hambre, es la guagua que se va, es la parada llena, la cola para almorzar, el salario que no alcanza y el riesgo de seguir al menos hasta que quiera el destino… o eso que es el azar.

Adentro es la calma, es el silencio, es el teclado que no cesa en su tic tic.

Adentro es la espera, las palabras de consuelo, la cama que dibuja siluetas, los ojos que se quedaron, el abrazo, las manos expuestas, las miradas, las letras…

Adentro es morir. Afuera no.

Las fotografías duelen

Niña FelizLas fotografías de Ariadna* duelen. Duelen como duele despertar sin su beso mañanero, sin la mirada más sincera que jamás lo vio, sin el amor más sano y desinteresado, sin los brazos extendidos para el abrazo de papá, sin la vocecita traviesa, sin el deber de ir por ella al círculo infantil…

Desde que decidió recomenzar en otra latitud ha tenido que pagar el precio más alto: la ausencia.

Le regala unas letras, una llamada, una pensión mucho más remunerada que la que estuviera dando si se hubiese quedado en Cuba, un paquetico de vez en cuando para ahorrar los gastos de mamá, y otra vez; la ausencia.

Una nostalgia le aprieta el pecho cuando, al final del día, piensa en los ojos más lindos que ha conocido. Según me dijo, es el sentimiento perenne mientras conversa con la almohada.

Quedarse… quizás no haya sido tan necesario. Las fotografías de Ariadna duelen mucho. La sonrisa que ella dibuja es la muestra de que haberse ido, fue una decisión que no imaginó le costase tan cara.

*Yo no conozco a Ariadna. Conozco a su papá. Pero Ariadna puede ser cualquier niña que tenga un padre distante. Puede ser mi hija que también tuvo la “suerte” de la ausencia de su papá desde los tres meses de edad, puede ser Elena, puede ser Fabiana, puede ser mi vecinita Amanda que no ve a su papá desde que saliera como médico a cumplir misión en Venezuela en el 2000 y -este- decidiera quedarse. Ariadna puede ser cualquier niña que tenga un padre lejos, un padre que solo conozca por fotos, por algunas letras y un paquetico para solapar los gastos de mamá.