Tribulación de cama de hospital

La vida se me presenta
desde el ventanal de un hospital:
Incierta/ Dura/ Condenada.
La Habana que veo por la ventana no es
La Habana que amaba hace apenas cuatro años atrás.
El parque Maceo hoy no tiene luces
y las farolas del malecón son ocres e imperceptibles.
No hay olas; pero hay frío.
Hay silencio aquí.
Abajo seguro hay bullicio porque La Habana sin bullicio no es esa ciudad que es.
Aquí donde estoy pienso/ pienso/ pienso
En volar
En hacer tierra
En el tiempo
En la distancia
En la camiseta blanca
En un pañuelo
En mis anillos de compromiso
En los libros de amazon que ahora tengo y antes no.
En el día de mi casamiento
En los amigos que se fueron
En los que se quedaron
En el primer regaño de mi madre
y en las veces que me dijo: “no seas tan dura con los otros y menos contigo”.
Aquí donde estoy hay silencio.
Mucho.
Es algo que amo y que hoy odio;
la posibilidad de que amanezca y no me hable jamás es el estado de zozobra más grande por el qué mi madre me ha hecho pasar…
Y duele.
Duele tanto como este silencio que ya no disfruto mientras ella duerme y puede o no
venir la posibilidad de que ya no me llame, de que ya no me hable… De que ya no la vea.

Basta para mí que abra la puerta de mi habitación y pelee por no vestir la cama en las mañanas.

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Claustrofobia

Foto: Tomada de Internet

Foto: Tomada de Internet

A las doce y cuarenta y siete de la
madrugada
veo:
seis gafas de sol colgadas de un rosario
en el espejo azul y más de trescientos
libros viejos y roídos por las polillas
tirados a mi derecha en el librero de
guacima.
La carátula del libro de Pedro Juan con
instrucciones para quienes quieran
convertirse en escritores anda en la
esquina de mi cama, que ya no clama
orgasmos ni sombras ni olores.
Claro. Eso lo sé yo. No el mundo.
Afuera nadie sabe que me han resucitado
demasiados golpes.
Ni que la vida me ha vestido de tirana con
tantas decepciones.
A las doce y cincuenta y siete de la
madrugada
veo:
La luna cuarto menguante
La noche oscura
Las constelaciones
La bienvenida
La sala vacía
La muerte prematura
El cielo negro con puntos de plata
El brindis de antier
La foto de un hombre lejano
El Polo Norte.
A la una y tres de la madrugada
pálpito luego de masturbarme
pienso en la distancia
en el hombre ausente
en los aviones
Y
entonces me ahogo.

Mentiras de verdad

Sobre de cartaA R, que mi sueño sea el suyo.

Un sobre blanco con su nombre marcado -ni siquiera con su letra porque sé de donde ha venido el sobre- y un alfiler, es lo único que tengo suyo. Se ha ido de aquí y me ha dejado con el sabor más extraño que he de probar.

-Toma. Me dijo.

Extendí mi brazo, agarré con mis manos el papel, lo miré y enmudecí. Él me dio la espalda y luego se fue.

El ABC

cuerpo de mujerCuando la ciudad se aleja y el sol se va

Vuelvo a mis angustias.

Aquí la distancia es infinita

La noche más tétrica

Y tu ausencia perenne.

No hay nada nuevo que escribirle al amor

Y he renunciado a esas letras.

¿Me preguntas el porqué de la fuga?

¿Cómo? ¿No lo ves?

Yo escapé con eso que llaman amor, o fuego, o deleite…

(Ya ni sé)

Todos quieren el cuerpo.

Y con él destierran las nostalgias, las pasiones, la vibra, lo puro…

Yo escapé.

Cada noche me refugio en la esperanza de creer en lo auténtico.

Y la autenticidad está en entender que el cuerpo es solo una parte que alimenta el sentimiento; no el ABC.

 

La sentencia de no pertenecer

Piernas de mujer

“Más de cien palabras, más de cien motivos
para no cortarse de un tajo las venas”…

J. Sabina

Le dije mentiras. Todo fue apariencia. Los monisílabos no fueron más que una falacia.

-¿Eres de La Habana?

-Si

-¿Tienes hijos?

-No

-¿Vives cerca del Comodoro?

-Si, exacto, vivo cerca de 84…

-Y supongo que tu nombre es Isabella, tal cual dice en la cadenita que llevas colgada…

– Si. Adivinaste. Ese es mi nombre.

Antes de bajarse le había pedido un número. Ella tomó la agenda y escribió 5 4765720. Así, estaba firmando su ausencia infinita.