Claustrofobia

Foto: Tomada de Internet

Foto: Tomada de Internet

A las doce y cuarenta y siete de la
madrugada
veo:
seis gafas de sol colgadas de un rosario
en el espejo azul y más de trescientos
libros viejos y roídos por las polillas
tirados a mi derecha en el librero de
guacima.
La carátula del libro de Pedro Juan con
instrucciones para quienes quieran
convertirse en escritores anda en la
esquina de mi cama, que ya no clama
orgasmos ni sombras ni olores.
Claro. Eso lo sé yo. No el mundo.
Afuera nadie sabe que me han resucitado
demasiados golpes.
Ni que la vida me ha vestido de tirana con
tantas decepciones.
A las doce y cincuenta y siete de la
madrugada
veo:
La luna cuarto menguante
La noche oscura
Las constelaciones
La bienvenida
La sala vacía
La muerte prematura
El cielo negro con puntos de plata
El brindis de antier
La foto de un hombre lejano
El Polo Norte.
A la una y tres de la madrugada
pálpito luego de masturbarme
pienso en la distancia
en el hombre ausente
en los aviones
Y
entonces me ahogo.

Láser

 Foto: Tomada de Internet

Foto: Tomada de Internet

Nada que escribir. Mis ojos están de reposo. Me asomo por aquí solo para que mis lectores del blog lo sepan. Mañana me opero. Dice el médico que no puede hacerme la refracción hasta tanto no me opere del ángulo, que lo tengo muy estrecho y que el láser va impedir que desarrolle luego, más tarde, un glaucoma de ángulo estrecho. Yo tengo mucho miedo. Pienso que será sencillo, que saldré bien. Pero temo. No me indispongo, me predispongo; que no es igual. Me sucede con todo. Le pregunté al médico si podía dejar de hacerme ese tratamiento y me dijo que no. Que era si o si si no quería terminar ciega, como mi bisabuela. Mientras dejo listo todo lo del trabajo que no me tendrá esta semana, tomo tilo. A lo mejor mañana llego al hospital más calmada. No lo he dicho mucho. Nadie sabe que me opero y menos de mi miedo. Ay, el miedo. Ese y yo tenemos historia. Pero no les voy a contar. No ahora. Voy en mute hasta que mis ojitos sean dados de alta. Hasta ese entonces, deséenme suerte. (Si es que eso existe).

Profecías

velas encendidas en el mangleHoy fuimos a Cojímar. Mi amigo es paisajista y andaba cazando escenarios. Me le insinué: ¡Cojímar, Cojímar, yo nunca he ido a Cojímar! ¿Vamos?”. Y fuimos. Yo en cambio andaba cazando letras; acaso razones. Cojímar es un pueblito hermoso, como todos los pueblos donde hay mar. Lo descubrimos casi completo.

Cojímar tiene un puente sucio, despreocupado, callado y alborotado a la vez. Tiene un mar de un azul lindísimo y mucha gente devota que le quiere. ¡Ah!, Cojímar tiene algo raro. Cojímar tiene brujería. Mucha. Hoy vi a tres grupos de personas en diferentes pedazos de arena sucia hacerse eso que le dicen “ebbo” en lengua yoruba. Eso me dio risa y me reí casi a carcajadas. Ya estaría atenta. Tenía que saber dónde ponía el pie, por si las moscas. Había dos velas encendidas cerca del mangle. Me llamaron la atención y quise fotografiarlas. Cuando apreté el zoom de la cámara las velas se apagaron. Cuando hice la foto estaban encendidas. Cuando me di la espalda la llama otra vez quedó muerta. Cuando me retiraba de allí las velas eran toda luz. Eso me dio mucho miedo. Llamé a gritos a Roly y echamos a correr. Hoy tuve la certeza de que Cojímar estaba queriendo decirme algo.

Sin cromosomas

cama vacíaHay demasiado calor

y una ciudad que duerme allá afuera.

En este cuarto todo es trastocado:

Los libros unos sobre otros,

los zapatos en el borde de la mesa,

la ropa hecha montones en aquel sillón enclenque,

la otra cama que sirve de retiro…

y el silencio,

ese que acaba por traerme la histeria.

Ahora ya no quedan pensamientos.

Quizás no regresen.

Tal vez esta muerte prematura

sea el resultado de mis torpes decisiones.

Pasaje de un comienzo cualquiera

charcosAbre la ventana. Es oscuro. Pero tiene que empezar. Da el primer paso. Se alista. Saca sus cosas y las acomoda en otro bolso. Saca los libros, el dinero, el santo que no deja, el blúmer, la colonia con flores blancas y cascarilla; y la agenda. Eso es lo necesario.

Le enciende la luz. Le da un beso. Le susurra algo parecido a una canción y luego ríen juntas y chocan los cinco de la mano. Se visten a la par. Una se acomoda con un poco de colorete y sombra para los ojos. La otra, observa.

Abre la ventana otra vez. Ahora llueve. Tiene que esperar un rato. Desde el sillón ve como la abuela toma a la nieta, y la nieta desde la esquina arroja besos y adioses a su madre. Escampa.

Camina; pisando charcos. Tropieza con casi todos. Va saliendo el sol. Llega. “Hoy la gente tiene miedo”. (Piensa). Escribe. Vuelve a esperar. Mientras todo pasa, parpadea un eco recurrente:

“Habana vente, vente peso a La Habana, Habana vente…”

 

Saga de una novia soltera

apaga la luzEs tarde. Y para ella el tiempo no ha corrido lo suficiente. Hubiese querido adelantar no solo horas, si no días a su reloj. Es tarde. Pero deambula por la casa, por ese silencio torpe. Un silencio que la castiga. Anda desnuda, como una vez se vio mojada frente al espejo de su cuarto. Pero ha dejado de existir. Ella no; el espejo. Se fue cuando se fueron aquellos recuerdos.

Va a la sala. Allí, se quema el pelo. Se alista para la jornada matutina. Ve cómo sale humo de sus cabellos, ahora más lisos. Ve el humo a través del espejo y con el vapor siente que se le va lo único que le viene quedando de memorias. Se recuesta al ordenador. Cruza sus manos. Piensa. Se aturde. Hay demasiado silencio. Intenta entender. Escupe la soledad. Piensa demasiado. Sacude una letra que quizás él esté disfrutando: “Hello, it’s me/I was wondering if after all these years/You’d like to meet, to go over everything/They say that time’s supposed to heal ya/But I ain’t done much healing”

Vuelve a quemar su pelo. Se quita el anillo del dedo anular. Apaga la luz.