Un pasaje a dónde

gota-de-agua

Foto: Leslie Lister Reyes

A mi hija, porque los 59 kilómetros son por ella…

Le pagué veinte pesos. Eran las 5 y trece de la tarde y yo estaba en la esquina más céntrica y bulliciosa del Vedado. Me daba náuseas. En el horario normal anochece a más tardar las seis. Y la esquina de 23 y L era, en aquel momento, una mezcla de depresión y ansiedad. Llovía. Dijeron en el noticiero que iba a entrar un frente frío y eso siempre se acompaña de lluvia. Yo no había visto la televisión para saber. No podía traer sombrilla entonces. Y allí estaba. Mirando a un padre canoso con un niño mojado cruzando la avenida 23. Ellos andaban como yo, aturdidos y sin paraguas o sin capa; o lo que sea. Mojándose. O maldiciendo al país. O al clima. O al Caribe. O a la suerte.

Yo me cubría la cabeza con una bufanda que le hago colgar siempre al asa del bolso. Me gustan. Al igual que las pamelas. Creo que son prendas que no deben faltarle a una mujer. Las hace lucir muy femeninas. Con mucha personalidad. Supongo que la gente estaría pensando que yo era religiosa porque parecía una monja con aquel turbante enredado en la cara. Y a mí qué me importaba lo que creía la gente. Yo lo que no quería eran más golpes en mi vida, y las gotas de lluvia en mis cachetes eran eso: Golpes. Entonces cuando ya no soportaba mi cara y mi pelo mojados, el chofer de un moscovich blanco, destartalado y seguramente igual a todos los moscovich de Cuba se me parquea delante:

-Chofe, ¿ceguera?

-Sí, pero son veinte pesos

Le hice una mueca casi imperceptible. “Coño e´ tu madre”, fue lo primero que Sigue leyendo

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Oigo entrevistas, pero no las escucho

Foto: Arnaldo Mirabal

Foto: Arnaldo Mirabal

oigo a través de los audífonos
una voz que me habla de hipótesis y comprobaciones
pero no la escucho
escribo en el teclado sin saber qué escribo
a cada rato rompo la inercia y dejo de transcribir entrevistas
de gente importante que hoy son gente estúpida
porque quizás no pueden amar.
me desordeno
Entonces me levanto y tomo
el esmalte de uñas transparente
y con el pincel acaricio mis dedos
y elevo las manos
y siento el olor
y transcribo entrevistas
y me desconcentro
y me pierdo
¿Adónde vas? ¿Adónde vas?

Cumpleaños

mariposa

Foto: Leslie Lister Reyes


“Tus olores me llegan por el aire mojado y se me vienen a depositar en estas manos que te intentan atrapar, así, como cuando jugamos a cazar mariposas para después dejarlas ir. Quiero que seas Mi mariposa. Como la canción de Silvio”…

y qué soy yo sino un artrópodo
amarillo con alas de colores
que se posa
liba y anda a irse libre
hoy no entiendo
ni las ausencias
ni la cordura
ni el tiempo que no es el tiempo
Sino burla
Y vacío infinito
Y horizonte lejano
Y hacedor de máquinas sin sentimientos
hoy mi mente retorcida se envenena
de recuerdos
Y mis ojos ven arriba
la mitad de la luna
que es plateada y un solo lucero,
también de plata
que se mueve y abre un cráter
hoy es oscuro aquí donde vivo
Y no sé si vivo
O me hacen vivir
Alguien habló hoy de cumpleaños
Y yo me convierto en mariposa
para cruzar el mar.

Cleptómana

Tomada de Internet

Tomada de Internet

Desde que era niña me enseñaron a distinguir los colores. Lo blanco era bueno y lo negro malo. Por tanto intuí que el día era bueno y la noche mala. Gritar, ofender, dar pataletas, contradecir a mis padres, faltar a la escuela, no estudiar y ser egoísta con mis amigos era malo. Y muchas cosas más lo eran. Llevarle una flor a la maestra, ser dulce con todos en casa, utilizar las palabras mágicas de “por favor” “permiso” y “gracias”, respetar horarios, ayudar a los más jodidos y portarme bien era bueno. Y muchas cosas más eran buenas.

Después toda esa percepción cambió. Nunca se es ni tan bueno, ni tan malo. Eso viene a suceder también con las cosas. El absolutismo es repugnante. Nadie debería ser absoluto. Robar, por ejemplo es malo. Y yo soy una ladrona. Y soy buena. (Y mala también). Mi perversión está en robar solo papeles higiénicos. Toda mi vida he robado de los lugares adonde voy, (específicamente de los baños públicos de hoteles y centros de visita) rollos de papeles higiénicos. Me causa un placer casi orgásmico. Me gusta ver como estiro y sale la servilleta blanca, limpia, suave… Y mientras voy halando envuelvo en mi mano la tira de papel y hago con ella una cuerda con la que -según mi perspectiva- puedo dominar el mundo. Acaso la convierto en un lazo con el cual capturo mi objetivo: Amarrar las personas, taparle la boca a un inepto, atar las manos de otro ladrón (pero de sentimientos y objetos caros), trazar un puente blanco y fino que no me deje mojar por los charcos, limpiar mis manos de la suciedad…

Hace unos días robé de uno de los baños de los jardines de un hotel todo el papel higiénico que pude. Mientras lo sacaba del rollo iba imaginando a un hombre malo al que debo matar. Me imaginaba atándolo con el papel y asfixiándolo con mis nalgas encima de su cara, con sus manos inmóviles y mi cuerpo balanceándose sobre su cuerpo.

Desde que era niña me enseñaron a distinguir los colores. Lo blanco era bueno y lo negro malo. Mi perversión está en robar solo papeles higiénicos… Pero existe un hombre malo al que debo matar; y la maldita circunstancia indica que he de robármelo primero.

Pugna contra el tiempo

piernasMe viste de abajo hacia arriba. Claro, se te había caído aquella moneda de insignificante valor, y tú te habías agachado a tomarla del suelo. Justo pegado a mis pies, estaba ese centavo. Un centavo que podías haber ofrecido a aquella mujer enclenque que se veía tirada en la esquina de la acera pidiendo ayuda. Pero tú decidiste tropezarme, chocarme, detenerme… Y por eso me viste de abajo hacia arriba. Estabas pasmado. Tus ojos se quedaron mirando esas piernas, ¡sí, las mías!… Las que todos miran. No reaccionaste. Quise seguir mi paso. Tú estabas fijo delante de mí en medio de la acera estrepitosa, cargada de gente apurada por pasar. Cuando tomaste el centavo, me miraste a los ojos. Fue entonces cuando me detuve yo unos minutos. Ese día yo quería matarte. Ese día tú hubieses querido morir.

La pregunta que (no) hace una mujer como yo

cuerpo de mujerUnto colorete en mis mejillas,

Miro en el espejo la imagen de la mujer tísica

que reflejo hace meses,

saco el pincel y pinto de rojo los labios.

En el closet está ese vestido rojo;

y el azul, que me hace asomar la espalda. Toda.

Al azar me quedo con el rojo.

Es un conjunto de tres:

Los labios, el vestido, y la ropa interior.

La noche se prepara para recibirme,

como cuando no era la mujer tísica

que reflejo,

como cuando jugaba con todos,

como cuando era vil, y sentía placer.

Tomo la cartera,

Echo lo necesario,

Apago el reloj,

Me perfumo,

Cierro la puerta.

Marco un número…

(11:04 de la noche)

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-¿Quedamos?