Cleptómana

Tomada de Internet

Tomada de Internet

Desde que era niña me enseñaron a distinguir los colores. Lo blanco era bueno y lo negro malo. Por tanto intuí que el día era bueno y la noche mala. Gritar, ofender, dar pataletas, contradecir a mis padres, faltar a la escuela, no estudiar y ser egoísta con mis amigos era malo. Y muchas cosas más lo eran. Llevarle una flor a la maestra, ser dulce con todos en casa, utilizar las palabras mágicas de “por favor” “permiso” y “gracias”, respetar horarios, ayudar a los más jodidos y portarme bien era bueno. Y muchas cosas más eran buenas.

Después toda esa percepción cambió. Nunca se es ni tan bueno, ni tan malo. Eso viene a suceder también con las cosas. El absolutismo es repugnante. Nadie debería ser absoluto. Robar, por ejemplo es malo. Y yo soy una ladrona. Y soy buena. (Y mala también). Mi perversión está en robar solo papeles higiénicos. Toda mi vida he robado de los lugares adonde voy, (específicamente de los baños públicos de hoteles y centros de visita) rollos de papeles higiénicos. Me causa un placer casi orgásmico. Me gusta ver como estiro y sale la servilleta blanca, limpia, suave… Y mientras voy halando envuelvo en mi mano la tira de papel y hago con ella una cuerda con la que -según mi perspectiva- puedo dominar el mundo. Acaso la convierto en un lazo con el cual capturo mi objetivo: Amarrar las personas, taparle la boca a un inepto, atar las manos de otro ladrón (pero de sentimientos y objetos caros), trazar un puente blanco y fino que no me deje mojar por los charcos, limpiar mis manos de la suciedad…

Hace unos días robé de uno de los baños de los jardines de un hotel todo el papel higiénico que pude. Mientras lo sacaba del rollo iba imaginando a un hombre malo al que debo matar. Me imaginaba atándolo con el papel y asfixiándolo con mis nalgas encima de su cara, con sus manos inmóviles y mi cuerpo balanceándose sobre su cuerpo.

Desde que era niña me enseñaron a distinguir los colores. Lo blanco era bueno y lo negro malo. Mi perversión está en robar solo papeles higiénicos… Pero existe un hombre malo al que debo matar; y la maldita circunstancia indica que he de robármelo primero.

Profecías

velas encendidas en el mangleHoy fuimos a Cojímar. Mi amigo es paisajista y andaba cazando escenarios. Me le insinué: ¡Cojímar, Cojímar, yo nunca he ido a Cojímar! ¿Vamos?”. Y fuimos. Yo en cambio andaba cazando letras; acaso razones. Cojímar es un pueblito hermoso, como todos los pueblos donde hay mar. Lo descubrimos casi completo.

Cojímar tiene un puente sucio, despreocupado, callado y alborotado a la vez. Tiene un mar de un azul lindísimo y mucha gente devota que le quiere. ¡Ah!, Cojímar tiene algo raro. Cojímar tiene brujería. Mucha. Hoy vi a tres grupos de personas en diferentes pedazos de arena sucia hacerse eso que le dicen “ebbo” en lengua yoruba. Eso me dio risa y me reí casi a carcajadas. Ya estaría atenta. Tenía que saber dónde ponía el pie, por si las moscas. Había dos velas encendidas cerca del mangle. Me llamaron la atención y quise fotografiarlas. Cuando apreté el zoom de la cámara las velas se apagaron. Cuando hice la foto estaban encendidas. Cuando me di la espalda la llama otra vez quedó muerta. Cuando me retiraba de allí las velas eran toda luz. Eso me dio mucho miedo. Llamé a gritos a Roly y echamos a correr. Hoy tuve la certeza de que Cojímar estaba queriendo decirme algo.

La pregunta que (no) hace una mujer como yo

cuerpo de mujerUnto colorete en mis mejillas,

Miro en el espejo la imagen de la mujer tísica

que reflejo hace meses,

saco el pincel y pinto de rojo los labios.

En el closet está ese vestido rojo;

y el azul, que me hace asomar la espalda. Toda.

Al azar me quedo con el rojo.

Es un conjunto de tres:

Los labios, el vestido, y la ropa interior.

La noche se prepara para recibirme,

como cuando no era la mujer tísica

que reflejo,

como cuando jugaba con todos,

como cuando era vil, y sentía placer.

Tomo la cartera,

Echo lo necesario,

Apago el reloj,

Me perfumo,

Cierro la puerta.

Marco un número…

(11:04 de la noche)

5 X46302X

-¿Quedamos?

Neurosis de la cucaracha

cucarachanegraHay una cucaracha bordeando la puerta de mi cuarto y hay otra cucaracha muerta frente a mi cama. A esta última le di un pisotón fuerte, estremecedor, mortal… tenía tantas ganas de matar que decidí dirigir el pie derecho hacia ella y aplastarla. No el izquierdo, siempre le tengo miedo a todo lo que tiene que ver con el lado del corazón porque siempre, repito, termina jodiéndome. Y no me gusta ser jodida. Entonces me sentí en la gloria cuando quité la vida a ese animal feo, sucio, que se cubre con un carapacho para no mostrarse, a ese bicho insignificante y torpe que dejé entrar a mi cuarto. Apestó el insecto una vez muerto. Había putrefacción. Sin embargo, sigue una cucaracha (la otra) bordeando la puerta de mi cuarto y a esta no quiero hacer más que observarla. Entonces la contemplo. Quiere entrar al lugar de mis zapatos. La detengo, y le muestro vida en otro campo. No va a la sala. Sigue bordeando la puerta de mi cuarto. Estoy envidiando a ese parásito. En este momento añoro ser ese pedazo de sabandija. Es el único modo de sobrevivir. Y sobrevivir, después del holocausto, viene a ser mi prioridad primera.

Estatuto de medianoche

sentenciaEn el cuaderno

hay un garabato

de tinta azul;

parece un círculo,

pero quiso

pintar un corazón.

Entonces llamémosle

“corazón”.

Sobre el cuaderno

hay una lágrima

que cae

cae

cae.

Entonces la hoja

se moja,

se rompe.

Sobre la cama

duerme ella.

Del otro lado,

aquellos dos

-que amigos- Sigue leyendo

Viaje al edén

mano-y-cinturaLa vio desnuda y quedó preso en aquella imagen casi perfecta. Apretó su cuerpo contra sí y la dejó comenzar el baile. La miraba. La danza había empezado; y él -al estrechar sus manos en la cintura más ceñida que jamás vio- no pudo evitar perder la cabeza.

Cuando mordió la manzana, el mundo había dejado de existir.