Valientes de cesárea o episiotomía

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Antes de parir yo fui de las mujeres que jamás se imaginó como madre. De las que se tapaba los oídos cuando cualquier grupo de niños jugaba Football o bolas o quimbumbia en las calles mientras pasaba solo porque se molestaba con la algarabía. De las que jamás se imaginó sacar piojos de una cabeza, limpiar vómitos o diarreas. Me daba asco. De las que no iba a amamantar, de las que odió siempre cualquier canción de cuna.

Antes de parir yo fui de las mujeres que no admitía sacrificar su cuerpo. Porque su cuerpo era hermoso y no valía la pena un insulso. Antes de parir yo no tenía paciencia. Era egoísta. Malcriada. Infantil. Demasiado intransigente… Mi hija se engendró por -llamémosle- “un accidente irresponsable” y llegó por determinación propia. Como jamás me había planteado la maternidad, y si lo había hecho no iba a ser a los 24 sino a los 35, me pasó que cuando el doctor preguntó el día de la ecografía que qué iba a hacer, enmudecí. Después lloré todo el día. Después lloré toda la noche. Después no lloré más. No quería matar a nadie. Y dejé correr el tiempo. Y me dejé inflar por 41 semanas y tres días.

Jamás fui de las mujeres románticas que veían el embarazo como algo hermoso. Yo lo sigo viendo feo. Las mujeres lucen feas, se les mancha la piel a algunas, se les inflaman los tobillos a otras, hay un grupo que hasta pierde sus dientes. Las más flacas parecen culebras con pelotas de voly en el centro del cuerpo. Y las más gordas… por favor. Jamás fui de las que lloró de emoción al sentir patadas en la panza. Me asusté sí cuando el tobillo de ella fue lo suficientemente grande como para mostrarse por mi piel y hacerse distinguir. Me parecía raro lo que pasaba conmigo y mi cuerpo. Emocionantes tuve durante mi embarazo solo dos momentos: El día en que supe que ella iba a ser ELLA y el día de la episiotomía. Después de la episiotomía me asomaron a un bebé grande, una niña rosada de 8.5 libras, de pelo negro y sin una pizca de parecido a mí. Yo no lloré. Tampoco reí. Lo único que alcancé a hacer fue la pregunta que inició todo:

-¿Ella está bien, doctor?

Pedía a gritos la compañía y ayuda de mi madre cuando nos trasladaron a recuperación. No sabía amamantar, no sabía si quería hacerlo, no sabía qué hacer ante el llanto, no sabía limpiar cacas. Sentía miedo hasta de vestir a aquella niña; totalmente presente en mi vida desde aquel instante hasta hoy. Ese día volví a descubrir otra cosa: No hace falta saber absolutamente nada. Sigue leyendo

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Un árbol de navidad y la muñeca azul

isabella-y-johannabueno
así
ella
el SOL
entonces quiere un árbol de navidad
de color blanco con adornos rojos y azules
y plateados como el menguante
dice:
Mamita, mamita, mami
mamá
mamitica
repite
repite
y se ríe
y rompe el silencio
de todos las noches.
por las mañanas
abre los ojos
y cambia mi perspectiva
y me devuelve a mí cuando
tenía cuatro años
entonces me besa
me susurra
me acaricia la mejilla
enamora mi oído
“cómprame un gatico mamá
un arbolito de navidad para el invierno
y la muñeca azul”
bueno
así
ella
el SOL
la compañía de verdad.

 

 

 

Hábitat

Puente San CristobalYo quisiera vender mi casa
y que mi padre se fuera lejos
y que mi hermano no
aspire a estar aquí.
Este lugar es horrendo.
Ya mi madre no anda acomodando regueros,
ya no le prepara el agua a su marido
para quitarle en el baño
la grasa de las piezas que acomodó en el torno
Ya no respiro el jazmín que me llevaba a la escuela,
ya no me despiertan los gallos,
ya mis vecinos no son mis vecinos
y mi tía tampoco viene en
vacaciones
como cuando íbamos a la playa.
Este lugar es horrendo.
Está a punto de romperse el televisor
y ya no dan esa novela que veíamos
los cuatro: La de Ruth y Raquel,
ya no hay vasos ni copas en la repisa
y la mugre se está comiendo
el azulejo de la cocina
Mi viejo está solo.
Su techo que antes fue mío
nuestro,
de todos,
de mi vieja
ahora me sabe a
escombros.
Yo quisiera vender mi casa.
Y que mi padre se fuera lejos
y que mi hermano no quiera estar aquí.
Hoy Emilio nos dio un beso.
¡Oh! Se le ve feliz cuando venimos.
Pero mañana…
Mañana
la soledad le dio un tiro
cuando asentó su cabeza en la almohada.

Cólera, ¡no me entres!

hija madre abueloLa idea es la siguiente. Supongamos que mi madre (que adoro) es el Partido Demócrata y yo (que me adoro) soy el Republicano:

“¿Con quién hablabas por teléfono?”No te pongas esa ropa para trabajar”. “¡Quítate ese short para ir a la calle!” “Con esa saya estas muy corta”. “¿Quién ese hombre que te dio botella?” “¡Que la niña se duerma antes de las 9 de la noche!” “¿Tienes que estar el día entero sin trabajar frente a la computadora?” (Como si me causara más placer este trabajo que hago para ser una mujer que vuela alto por salir del nido que unas vacaciones en Varadero) “¿Por qué te ríes ahora revisando el correo?” “¿Y tú tienes algo importante que andas tan elegante?” “¿Y por qué no te peinas con ese flequito que…? ” ¿Te demoras?” “¿A qué hora era la reunión?” “Compra la carne, y se acabó el aceite ya” ¿Adónde van tú y la niña ahora?… 

Es una lista infinita de preguntas y deberes. Y yo -que he aprendido a ser más sensata- soy paciente. A veces temo convertirme en ella cuando mi hija tenga mi edad. (A lo mejor es bueno, porque eso así, he de reconocer que mi madre es el ser humano más noble que existe, aunque no pensemos igual).

Hoy en la mañana, antes de salir a la calle, sentí una nostalgia inmensa. Yo; que desde la cuna he sido una mujer de las que siempre ha pujado por volar anduve llorona y sensible. He de confesar lo que me pasa. Tengo unas violentas ganas de abrazar a mi papá.

 

 

 

Mientras mi casa duerme…

desorden de juguetes niñaSon las 0:32 AM, o lo que es lo mismo 12:32 de madrugada. Ando sin sueño, pero he de acostarme a descansar. Estaba frente al ordenador y mi vejiga apretada me empujó a ir al baño. No quería levantarme porque escribía un correo que me iba a ayudar a quitar sueños fangosos. Terminé el correo. Pulsé “send”. Y fue inevitable: Corrí al baño. Luego me vi en el espejo. Me cepillé los dientes. Caminé al cuarto de mi madre. Las vi dormir a las dos… Sonreí.

Ya en la sala, alcé los pies, tropecé con pomos de pintura vacíos, con dos peluches, con la sillita naranja pequeña… y con el sofá. El sofá de mi casa parece un árbol de las más felices navidades. A veces yo misma me quejo de ese desorden. Cuando eso pasa, vienen a mí de forma automática las palabras de aquella anciana (bisabuela de Isabella) que osó decirme un día “No, no te preocupes por los juguetes. La casa que exhibe ese tipo de reguero, es una casa feliz. En la casa donde no hay un niño no hay felicidad y ese reguero no debería inquietarte”. Y es entonces cuando me rio sola en medio de la sala a la 1:10 de madrugada. Y es entonces cuando saco la cámara y hago esta foto y vengo a mi blog y lo actualizo… Y digo que soy feliz y apago la PC… y me acuesto.

La bendita intranquilidad que me regaló un 7 de junio

MaternidadYo no sabía lo que estaba haciendo a punto de cumplir los 24 años cuando fui a parar a la sala de partos de aquel hospital. Yo sabía que tenía una panza que había tomado prestada por 41 semanas y tres días, que me faltaba el aire en ocasiones, que me daba cosa rara ver por encima de mi piel la forma de un codo… o de un pie, que lo que me habitaba adentro tenía que salir… y que además, no me podía morir en el parto. También sabía que no iba a llorar cuando naciera, que iba a sentirme como quien viaja al cosmos por primera vez, que iba a tener un “renacuajo” diminuto en mis manos y que si mi mamá no entraba a ayudarme a recuperación, yo estaría lejos de hacerle algo conforme a ella. Jamás había puesto un culero, me daban asco los buches y las cacas, me molestaban los llantos tediosos de otros “renacuajos” que veía por ahí, criticaba a esas madres que se sacan la teta en plena guagua y dije mil veces “Dios me libre” si hacía alguna vez escenas similares. Yo decía que parir era la última carta de la baraja, que a los 35 estaba bien y que bastaba con uno, si me daba la vena… como quien apuesta a la casualidad.

Y fue la casualidad, un coito que no interrumpí, la cuenta mal sacada, y las hormonas Sigue leyendo

Pasaje de un comienzo cualquiera

charcosAbre la ventana. Es oscuro. Pero tiene que empezar. Da el primer paso. Se alista. Saca sus cosas y las acomoda en otro bolso. Saca los libros, el dinero, el santo que no deja, el blúmer, la colonia con flores blancas y cascarilla; y la agenda. Eso es lo necesario.

Le enciende la luz. Le da un beso. Le susurra algo parecido a una canción y luego ríen juntas y chocan los cinco de la mano. Se visten a la par. Una se acomoda con un poco de colorete y sombra para los ojos. La otra, observa.

Abre la ventana otra vez. Ahora llueve. Tiene que esperar un rato. Desde el sillón ve como la abuela toma a la nieta, y la nieta desde la esquina arroja besos y adioses a su madre. Escampa.

Camina; pisando charcos. Tropieza con casi todos. Va saliendo el sol. Llega. “Hoy la gente tiene miedo”. (Piensa). Escribe. Vuelve a esperar. Mientras todo pasa, parpadea un eco recurrente:

“Habana vente, vente peso a La Habana, Habana vente…”