de-Construcciones

Foto: Tomada de Internet

Ha pasado algo terrible. No debo contarlo pero me han dicho que escriba un cuento sobre lo que llaman terrible. Sin embargo eso no es terrible, es más: Es horrendo, espantoso, horripilante, venenoso, vomitivo. Lo que ha pasado me deja sin ser. Y me han dicho que escriba porque eso tan terrible me ha pasado a mí. Y ahora mismo estoy segura de que en el planeta donde habito nadie se siente peor que yo. (Yo me siento de muerte). Se me ha muerto el alma. Se me van a morir los pensamientos, las ideas, todo lo que veo que luego viene a ser contado en pedazos de documentos o en los trozos de servilletas que escribo y luego transcribo, se me van a morir esos residuos de casi poemas y otros retazos de historias. Me voy a morir yo. No debo contarlo pero me han dicho que escriba un cuento sobre lo que llaman terrible. Yo no sé cómo se escribe un cuento. Si supiera, escribiría de un personaje con diez dedos y un teclado inservible que se sabe de memoria, hablaría de una mujer mustia y solitaria sin más compañía que las historias que guarda para contar desde un archivo en su vieja laptop, hablaría del maldito consumismo y los robots que viven para pagar lo último del mercado, hablaría del sacrificio, hablaría de la (in)felicidad. Ha pasado algo terrible. Mi madre ha regalado la máquina de escribir y al teclado de la vieja laptop se le cayeron letras; como a la ciudad edificios. Ya no tiene delete, ni backSpace, ni acentos, ni i griega, ni te, ni asteriscos. Si yo supiera escribir, mi historia fuera concisa y no tuviera titular:

“Soñé con mi teclado roto, con una ventanilla de avión y con aquella raspa dura que vendían antes. Todo eso en el mismo sueño. Yo no sé qué sucedía en mi sueño ni quiénes vivían en él. Yo estaba. Y huía”.

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Profecías

velas encendidas en el mangleHoy fuimos a Cojímar. Mi amigo es paisajista y andaba cazando escenarios. Me le insinué: ¡Cojímar, Cojímar, yo nunca he ido a Cojímar! ¿Vamos?”. Y fuimos. Yo en cambio andaba cazando letras; acaso razones. Cojímar es un pueblito hermoso, como todos los pueblos donde hay mar. Lo descubrimos casi completo.

Cojímar tiene un puente sucio, despreocupado, callado y alborotado a la vez. Tiene un mar de un azul lindísimo y mucha gente devota que le quiere. ¡Ah!, Cojímar tiene algo raro. Cojímar tiene brujería. Mucha. Hoy vi a tres grupos de personas en diferentes pedazos de arena sucia hacerse eso que le dicen “ebbo” en lengua yoruba. Eso me dio risa y me reí casi a carcajadas. Ya estaría atenta. Tenía que saber dónde ponía el pie, por si las moscas. Había dos velas encendidas cerca del mangle. Me llamaron la atención y quise fotografiarlas. Cuando apreté el zoom de la cámara las velas se apagaron. Cuando hice la foto estaban encendidas. Cuando me di la espalda la llama otra vez quedó muerta. Cuando me retiraba de allí las velas eran toda luz. Eso me dio mucho miedo. Llamé a gritos a Roly y echamos a correr. Hoy tuve la certeza de que Cojímar estaba queriendo decirme algo.

Tripas

TripasAllí estaba yo. En la misma esquina de 23 y L viendo cómo la gente perdía su tiempo. Había una multitud. Más de cincuenta, más de cien. Todos mirando por instantes el reloj, asustados de no poder ganarle la carrera al tiempo. A todos los vi tristes. Había -que me llamara la atención- una viejita flaca que traía de la mano a una niña vestida de uniforme escolar. ¡Que locura! (Pensé) ¡Si estamos en agosto! Había un hombre con un San Lázaro pidiendo dinero, tenía las piernas cortadas y se arrastraba justo antes de cruzar L como quien busca Malecón. ¡Que locura! (Pensé) ¡Si no es 17 de diciembre! Había otro grupo de personas tristes un poco más cerca de la parada. Nadie hablaba de otra cosa que no fuera de la situación del país. Corriendo me tapé los oídos. Pero escuché todo y sentí deseos de vomitar.

Alcancé a acomodarme cerca del hombre mudo que cuando llega la guagua grita para que la gente no se mate. Y la gente se mata. Y nadie lo ve. No quieren verlo. Siempre está parado allí haciendo lo mismo. Me hice parte del tumulto. Total de L a B eran unas diez cuadras y no iba a regalar diez pesos a un taxista, también infeliz. Cuando llegó la guagua el gentío se empujaba, se gritaba, se ofendía… se intentaba salvar. Logré subir y quedarme de pie, muy cerca del chofer. A mi lado una rubia ordinaria gritaba a toda voz que no la apretaran: “¡Me van a sacar los mondongos!”, dijo. Yo la miré y respondí al hecho con un gesto que aún no sé contar qué expresaba. Cuando pude pensar después de oírla entonces lo entendí todo:

Mondongos, a lo mejor nos estábamos (todos) convirtiendo en mondongos. Luego se abrió la puerta del ómnibus. Y yo me bajé.

Ley de infortunio

pies de mujerViene la ola y crea un torbellino bajo sus pies. Es un transitar expectante. La ola llega, la moja, la sacude, la revuelca… De lejos la divisa ir y venir. Juega con ella. Una vez en la orilla, la ola rompe contra su cuerpo. Chocan. Pero vuelve ese zigzag que se la lleva. El torbellino bajo sus pies se aleja en ese contoneo. De lejos, divisa el montón de espuma. Se prepara. Se lanza. Busca permanecer. Viene la ola y la abraza, la ahoga, la liquida. No hay testigos. Una mujer se ha muerto en el mar mientras retozaba con las olas.

Del otro lado vive un hombre que espera hace diecinueve años, diez meses y tres días una respuesta al mensaje anterior. Acaba de conocer de una muerte abrupta cuando abrió el mensaje de la botella. Una vez en la orilla viene la ola y crea un torbellino bajos sus pies. Hoy es él quien juega con la ola y deja que lo abrace, lo ahogue, lo liquide…

¿Se doméstica un fregadero?

fregadero limpioSiempre me han obsesionado los fregaderos. Es el componente de la casa que más placer me provoca, además de obsesionarme, repito. Sé que me ofusca porque puedo estar mirándolo minutos, horas… da igual si tiene platos sucios. Yo dibujo en mi cabeza cualquier tipo. Me gustan más los platinados, esos que parecen de níquel. Usarlos es casi siempre el mejor momento de mi día, es el rato en que siento que limpio, que boto, que arrojo el desperdicio. Las casas nuevas que vienen a ser parte de mi vida, me gustan en dependencia del fregadero. Siento que un fregadero influye en el ¿Quién es?, en el ¿Cómo es?, en el ¿Qué es?… y mientras más vayas conociendo el fregadero, perfeccionas el hecho de que la podredumbre no se convierta en maleza. Yo, por ejemplo, tengo la mayor de las obsesiones con los fregaderos. Me gusta dejarlos limpios, impecables; sea el mío, el de un pariente, el de un amigo. Un fregadero al que yo le haya pasado la toalla, jamás vuelve a ser el mismo, como reza la filosofía del viejo Heráclito. Yo quito de la tinaja hasta la última gota de agua. Y cada vez que agarro uno nuevo, en cada uso que le doy, trato de hacer lo mismo de forma diferente, una y otra vez trato de ver algo nuevo en lo que hago, sacar experiencias distintas, cambiar el lugar del guisopo, eso sí… al terminar de usarlo, lo seco. Un fregadero salpicado jamás es un fregadero limpio. Las salpicas crean costra y la costra no garantiza su uso, o su mejor uso. Mantener el fregadero cabalmente limpio es lo único que hace posible no sustituirlo por el último modelo que trajo el plomero. He ahí mi obsesión.

 

 

Ruta

caminosMe monté en una bicicleta para buscar la carne de la comida, saqué las cuentas del mes y sentí una cosa rara viéndome “en la lucha” porque no nos falte el alimento. Bajé y subí en ese aparato de dos ruedas con un impulso que fue divertido, dos días del fin de semana. Empecé a comer de nuevo, me prepare mis vitaminas y la fórmula secreta para recuperar las libras que he perdido. Salí con un amigo a conversar, me compró una jarra de cerveza y la vomité después en mi casa. (Todavía no sé cómo digerir el alcohol). Estudié para el trabajo final del último módulo de la maestría. Senté a mi madre y le pedí disculpas por como soy con ella algunas veces. Disculparse no soluciona, pero consuela. Ella no merece mis malas pulgas. Igual me llamó la atención y me dijo que debo aprender a no ser dominada por la ira, que eso lleva trabajo, pero se logra. Me dijo que fuera a la iglesia. Le dije que no. Vi a Isabella tirar un juguete al piso en un arrebato de rabia. Me preocupé en demasía. Desde entonces la he observado bien, esos genes no son buenos. Gocé de un pedazo del concierto de John Mayer por el canal educativo el domingo, o sea hoy. No lo terminé. Recuperé los capítulos perdidos de la añeja Breaking Bad. Me acomodé el cerquillo de colegiala que tengo en el pelo desde hace una semana. Dijeron que me queda bien. Decidí cambiar el ropero y usar más vestidos. La tomé de la mano y la invité al parque. No quiso ir. Le pregunte por qué. Me dijo estar ocupada. Luego asintió que en el parque había payasos. Me dijo que yo era linda. Le dije gracias. Me dijo “te quiero mucho”. Le dije “también yo”. Yo no debería estar posteando esto, pero ella terminó el fin de semana pidiéndome que no me enferme más. Ah, tampoco fui a ninguna sesión de Neuróticos Anónimos, aunque a veces sienta que me hace falta. Algo así es lo que yo soy. Sospecho que la vida que llevo me haga grande.

Marionetas de estación

tiempo pasado

 

Acaso en un pozo oscuro

Acaso en el infinito,

Acaso en la muerte de

historias disfuncionales.

Acaso en el incoherente

contacto,

en el estúpido saludo

en la hipocresía que no te deja

ganar el hoy.

Acaso en el “no” definitivo.

El pasado no debería

asomarse… ni aparecer.

El pasado,

que inepto y nauseabundo,

juega a matar pedazos de presente.

El pasado ¡sí!

debería ser una especie de tiempo

en estado de coma.