La bendita intranquilidad que me regaló un 7 de junio

MaternidadYo no sabía lo que estaba haciendo a punto de cumplir los 24 años cuando fui a parar a la sala de partos de aquel hospital. Yo sabía que tenía una panza que había tomado prestada por 41 semanas y tres días, que me faltaba el aire en ocasiones, que me daba cosa rara ver por encima de mi piel la forma de un codo… o de un pie, que lo que me habitaba adentro tenía que salir… y que además, no me podía morir en el parto. También sabía que no iba a llorar cuando naciera, que iba a sentirme como quien viaja al cosmos por primera vez, que iba a tener un “renacuajo” diminuto en mis manos y que si mi mamá no entraba a ayudarme a recuperación, yo estaría lejos de hacerle algo conforme a ella. Jamás había puesto un culero, me daban asco los buches y las cacas, me molestaban los llantos tediosos de otros “renacuajos” que veía por ahí, criticaba a esas madres que se sacan la teta en plena guagua y dije mil veces “Dios me libre” si hacía alguna vez escenas similares. Yo decía que parir era la última carta de la baraja, que a los 35 estaba bien y que bastaba con uno, si me daba la vena… como quien apuesta a la casualidad.

Y fue la casualidad, un coito que no interrumpí, la cuenta mal sacada, y las hormonas las que me llevaron a punto de cumplir los 24 años a optar por la bendita intranquilidad de ser madre; hecho que se pulió a las 4 y 55 de la tarde un 7 de junio hace cuatro años. Desde ese entonces, tengo más historias, nunca me faltan abrazos, me siento necesaria, feliz… y he experimentado una especie de intranquilidad que mantiene mi mente en función de: (Renacuajo diminuto) la mayor parte de las veces. Si salgo en las noches, llamo para saber, si estoy en el cine, mi teléfono puede sonar en medio de la película (tengo amigos que dan fe de ello), si voy a un evento y no hay agua en el círculo, ella me acompaña, si vamos por la calle, repito hasta cansarme “dame la mano” y “ve por la orilla y a mi lado”, si tengo problemas, se los cuento como hablarlos a una amiga mayor, si tengo algún pleito bobo con el muchacho tierno que nos ama, se lo digo como si pudiera aconsejarme. Pero no me basta. Cuando hay demasiado silencio en la casa, la busco por temor a que se esconda y le pase algo, si se duerme primero y con mi madre, me asomo y la velo unos minutos, y ninguna de las dos se entera, si está comiendo o tomando algo y coge un “galillazo”, como decimos en Pinar del Río cuando alguien se atora o se ahoga, me muevo desesperada, la socorro y luego me siento a calmar mi taquicardia, si en la madrugada me despierto voy a donde duerme…si se me cae, si se enferma, si llora, si está triste…

Jamás he vuelto a estar tranquila desde que existe ella. Eso ha sido una bendición. La sensación de sentirme mástil de un futuro endereza la curvatura de esa cosa anómala que es la vida. Un poeta selló una de sus canciones con este título: Juego que me regaló un 6 de enero. Ese hombre tenía un día, un mes y una historia. Entonces lo recuerdo porque todos tenemos días, meses e historias atrapadas en fechas que nos distinguen. La mía, esta que cuento, comenzó cuando esa niñita, una vez renacuajo diminuto, me hizo (más) grande como ser humano. Desde entonces he jugado – como el poeta- a que la vida me regaló un 7 de junio. Hoy, cuando la desperté, le hice cosquillas y me puse ñoña:

¡Felicidades mi niña!

¡Gracias mamitica! ¿Hoy si es mi cumpleaños?

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2 comentarios en “La bendita intranquilidad que me regaló un 7 de junio

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