Entelequia

EntelequiaCree haberle conocido. Tenía la ávida costumbre de llegar con la mirada inquisidora a “ligar” nuevas conquistas, como buen amante. Le tendió el brazo, le brindó sus ojos, que desgastados, fueron recuperando picardía. Le jugó sucio cuando usó palabras incoherentes. (Las palabras son un juego de azar, y no se puede creer en ellas. Al menos no siempre). Vino a regalarle unos anteojos porque creyó que era demasiado ingenua. No hacía falta que él -precisamente él- le obsequiara aquellos cristales. Ella sabía usarlos, sabía cubrir sus ojos -aunque sin preferirlo- con sus lentes. Esos, que solaparon las lágrimas cuando otra vez, Venus había despertado de aquel espejismo.

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