El abrazo que nos hizo amigos

AmigosLo conocí en la emisora de radio en Artemisa y hasta el día de hoy, en la hora en que lo recuerdo, en el minuto en que le regalo estas palabras, en el segundo en que escribo “El Pincho” o Elieser, es mi amigo.

Pincho le dicen casi todos por acá. El porqué del apodo no lo sé, ni he preguntado. Para mí es Pinchito o Pinchín, o Elio, para seguir jugando a los apodos. No sé si lo primero que me editó fue un reportaje o una crónica -y confieso no soporto la radio, ni la TV; pero aquí trabajo en todos los medios- en mis memorias sé que lo hizo bien, que descubrí en ese muchacho un artista en la realización del sonido. Se toma tan en serio su trabajo que temo que un día su closet y su cama estén en el estudio de grabación de la radio. Fue entonces que empecé a admirarlo. Admiración es una de las primeras cosas que empiezo a sentir por las personas que selecciono como amigos. Y Elieser hasta hoy, ha sabido ser mi amigo.

Porque no vaciló en ir a mi encuentro cuando una noche lo necesité mientras la ansiedad otra vez me molestaba y no tenía con quien compartir palabras y lágrimas; porque le agradezco que también me tenga la confianza necesaria para hacer míos sus problemas, porque sabe que lo acepto tal cual es y que no estoy en esa bobería de andar juzgando a alguien por el camino que haya escogido para encaminar su vida.

Un día trabajábamos juntos en el estudio, y lo noté mirándome extraño y un poco nervioso. Interrumpió la grabación y las palabras que alcanzó a decirme todavía vibran en mis oídos:

-Mira, espérate, yo te lo tengo que decir porque si no me reviento por dentro. Mira, el problema es… este… este que…

-¿Qué pasa Elio? Pregunté yo medio nerviosa ya.

-Nada que cuando tu entraste aquí me caías mal, yo te veía y no te soportaba y te escuchaba hablar así con ese que se yo… que la verdad, no te soportaba. Y cuando empecé el trato contigo y supe cómo eras… nada, que tú eres me caes súper bien, que tú eres gente buena de la que ya no queda…

Lo miré pensativa un rato. Que le digan a una tanto bueno de su persona en un ratico, y en modo de confesión es algo que te deja sin respuesta rápida. Olvidé mi voz y el micrófono que tenía delante. Abrí la puerta de la cabina y lo apreté bien fuerte. Ese fue el abrazo que nos convirtió en amigos, después de ese día sobran los porqués en nuestra relación.

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