La muerte anunciada

Gabriel García Márquez…”y el gozo que le produjo esa mujer, le había permitido entender por qué los hombres tenía miedo a la muerte”.

Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez

Cuando supe que había muerto lloré. Lloré porque era como si lo hubiese conocido de siempre, era como mi abuelo. Lloré porque recordé al papá de mi mamá. Porque mi abuelo y él se parecían mucho. Los dos eran viejitos lindos, bajitos, canosos, inteligentes…

Mi abuelo quería que su nieta fuera la mejor periodista del mundo y especulaba en el barrio y en la Casa de Combatientes de Artemisa que su nieta había empezado a estudiar periodismo en la Universidad de La Habana y que iba a escribir como el que escribió “Cien años de Soledad”; para él, el mejor periodista.

Yo sabía que Gabriel García Márquez iba a morir. De algún modo ya estábamos preparados para su deceso. Las noticias nos hacían pensar en una muerte anunciada. Estaba enfermo, y viejo. Se iba a ir.

A mí me quedaba él. Ya mi abuelo se había marchado en el año 2007, cuando estaba en primer año de la carrera. Sin embargo “el Gabo” vivía y eso me consolaba. Verlo en el noticiero, escuchar sus declaraciones, perseguir documentales sobre su persona, rastrear toda su obra se volvió como una especie de psicosis en mi rutina. Y todo ello me hacía volver al recuerdo a de mi abuelo.

Colecciono casi todos sus libros, tengo su imagen en el desorden de mi cuarto, su afiche prima entre los demás. La primera parte de mi librero es suya. Cuando supe la noticia de su muerte mi hija se quedó con la boca abierta porque le daba su “papilla” y salí corriendo al televisor.

“No me lo creo”. Fue lo primero que pensé, y lloré. Mi tía que me veía se burló de mi llanto inherente y mi hija me sorprendió:

-“Ma-má, no llore, no Ma-má, no pacha nara”

Bela tenía razón no pasaba nada como para tanto llanto, y más cuando la muerte del Gabo era ya un hecho anunciado. Dejó de existir físicamente ese hombre a quien tanto admiré, como a mi abuelo. Recordé a los dos. Recordé que la impronta de García Márquez va más allá de mi colección de sus clásicos.

Pero me quedó ese día una sensación extraña que solo fue disipando mientras pensaba que del Gabo había aprendido a amar tanto el Periodismo que -como él- lo considero el oficio más hermoso del mundo, y que mi abuelo donde quiera que ande, si me ve, va a estar orgulloso de su nieta porque-como él- también admiré a ese grande las letras de América, a ese amigo de Cuba, al hombre que escribió de sus remembranzas y que también admiró a su abuelo, a ese humano sensible, a quien tenía un vicio incontrolable de leer… y que al entender La Metamorfosis de Kafka aportaría a la literatura mucho más que el realismo mágico de su obra.

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